diumenge, 24 de juliol de 2011

GARO FANFIC - Cuestión de supervivencia, 3 (3)


 
Cap. 3: Decidiendo el futuro (parte 3)


Cada tres comidas, veinticuatro horas.

Durante su segundo día de aislamiento Kaoru ha logrado sosegar su mente lo suficiente para empezar a pensar de verdad. Agotada de andar en círculos, de subir y bajar del altar para ver la luz que se enciende, de aporrear la puerta para llamar la atención de su guardián, y de llorar porque ahora que puede hacerlo, no quiere –o no se atreve– a tomar decisiones, logra dormir varias horas seguidas.

Cuando el anónimo guardián regresa y deposita frente a ella un cuenco de arroz, otro de humeante miso y una botella de litro de agua, ella declara querer hacerle una pregunta. El se sienta delante y escucha.

–Parece como si ahora todo el karma de la humanidad nos cayera encima. ¿Han fracasado los Caballeros Makai en su cometido?

–Lograrlo durante miles de años, ¿es un fracaso?

–Pero ahora...

–Quizá no pueda retrasarse más nuestra toma de responsabilidad por nuestras acciones, ni nuestra purificación necesaria, pues el cielo nos espera. Si es así, los Caballeros Makai han terminado su trabajo.

No, piensa Kaoru, se están preparando para una guerra.

–Está preocupada por su marido. –Su guardián sonríe con franca simpatía, pero su voz es firme–. El, usted, yo, todos, hemos cometido faltas contra el orden cósmico, unas más graves que otras, pero todas deben ser transmutadas.

–Lo que quiero decir es que... ellos no han dado su misión por finalizada. Muy al contrario.

–Entiendo que ellos crean que ha llegado el momento de, quizá, ofrecer el máximo sacrificio en aras de sus protegidos.  Pero éso no cambiará nada, y hasta podría agravarlo. Pueden dejar de ser Caballeros Makai para convertirse en simples carniceros, cuya misión es matar con la mayor eficacia posible.

–Pero los Caballeros no suelen matar horrores. ¡Sólo los sellan para poder enviarlos de vuelta a su mundo!

–Usted sabe que ésto no es siempre así. Y a partir de ahora, matarlos será imperativo, ¿no le parece?

Una protesta se levanta en el corazón de la joven. Pone sus sentimientos en orden antes de continuar.

–Pero los horrorres son... no inocentes, pero...

–Sí, son inocentes, y usted lo sabe. Ellos nunca pudieron elegir ser distintos de lo que son.

Las lágrimas nublan la visión de Kaoru.

–Entonces, ¿no tenemos derecho a defendernos?

Y no es éso lo único que la atormenta. Realmente, el mundo parece haber llegado a su final. Incluso si Koga no hubiese “matado” a Meshia la primera vez, ella habría sido igualmente la dueña del mundo. Los horrores iban a gobernar de cualquier manera. No hay escapatoria.

Como su interlocutor no ha contestado a su pregunta, ella misma responde.

–Si tenemos que morir, mejor que sea luchando.

El hombre suspira.

–Sí. Pero es una pena que el ser humano simpre haya visto al enemigo fuera de sí mismo, y no en su propio ser. Sí, Kaoru, tendremos que morir luchando, pero luchando contra lo que hay de horror en nosotros mismos. ¡Esta es la verdadera guerra, y ninguna otra!

Silencio. Unos suaves sollozos son lo único que se oye. Hasta que él prosigue.

–Pero si, como de costumbre, nos equivocamos de enemigo, el miedo, el odio, el orgullo y el egoismo que serán generados por esta tensión hará crecer a nuestro yo inferior. Entonces se abrirán más y más las portales entre ambos mundos para poder... suministrarnos... adecuadamente. Ya sabes que los horrores se sienten atraídos por los humanos en su misma frecuencia. Y muy pronto el mundo se convertirá en un verdadero infierno.

Más sollozos, acompañados por un asentimiento. El fin del mundo ya está aquí. No consuela creer que a continuación viene el cielo.

*     *     *

Un Koga abrumado por el autoreproche llega, acompañado de Jabi, al Templo de las Tinieblas. Ella se ha dado cuenta de su conflicto interno y lo observa andar pisando fuerte, su mirada fija en la cúbica y oscura estructura. Cuanto más atormentado está, más decidido parece a contravenir su propia ética. No, no es una reacción contra su yo altruista. No sabe permitirse dudar. El destino ya es suficiente duro con él, ¿por qué se empeña en castigarse así? Jabi no sabe cómo ayudarlo, ni cómo detenerlo.

No ha sido fácil llegar hasta aquí. Aparecieron varios horrores por el camino, que los identificaron como “personal Makai” y los atacaron. La senda mágica se colapsó a medio camino y tuvieron que usar transportes convencionales. El tren bala en el que viajaban se detuvo un par de horas porque el que les precedió se había averiado y bloqueado la vía. Fueron parados y distraidos varias veces más: un Bariri disfrazado los acometió pensando que le disputaban su comida (un horror “normal”); jardineros cortándoles el camino mientras cargaban en un camión trozos de árboles enfermos que habían derribado; un inaudito choque entre dos autobuses que los obligó a ayudar a los accidentados (afotunadamente, sin heridos graves); un tiroteo entre policías y yakuzas... Era como si algo o alguien quisiese impedir que continuaran. Casi cuatro días después de la desaparición de Kaoru, alcanzaron su objetivo.

Penetran en la cúbica mole, dirigiéndose raudos a la sala del altar. Junto a la puerta de entrada hay un tatami, un hornillo a gas, una bolsa conteniendo botellas de agua de plástico vacías, un puchero y algunos pocos cuencos. Extraño lugar para acampar, ¿quién más puede conocer este templo?

Abren la puerta bruscamente para sorprender a quienquiera que sea. Nadie. Un futón en el suelo, y encima de él, un sobre cerrado. Con el nombre de Koga escrito. Es la letra de Kaoru. El suspira algo aliviado. Lo abre.

Jabi observa su rostro mientras lee la carta. Al interés ansioso del principio, le sucede la apertura más de lo normal de sus ojos, para terminar fallándole las rodillas y cayendo sentado sobre sus talones, con la mirada fija en el papel, como si no quisiese creer lo que quiera que estuviese escrito allí.

–¿Qué sucede?

El solo tiene fuerzas para levantar ligeramente la mano y ofrecerle el papel. Tras leerla, a ella sólo se le ocurre ponerle la mano sobre el hombro, en silenciosa solidaridad.