dissabte, 14 de novembre de 2009

GARO Fanfic – Regreso de los exiliados, 6


Capítulo 6: Penetración


Kaoru no se encuentra muy bien cuando él llega. Con un ramo de rosas blancas en una mano, lo cual es una agradable sorpresa tratándose de Koga. Esperaba que corriera hacia ella, pero se para apenas atravesado el umbral, estatua imponente vestida de blanco y negro, con los ojos fijos en la ocupante de la aséptica habitación.

– ¿Piensas quedarte ahí?

Kaoru sonríe, y más acusadamente cuando él se aproxima a la cama.

– ¿Éso es para mí? –Extiende su brazo sano hacia las flores, las cuales Koga parece haber olvidado por completo. Se las da con extremo cuidado, evitando tocarla.

– Gracias.

Kaoru esconde su cara entre las flores, para huir de la fijeza de los ojos de Koga. Debería estar contento de verla, tendría que preguntarle qué le ha sucedido, tendría que abrazarla, tomarla de las manos, acariciarla, darle seguridad. Tendría que estar furioso con quien le ha hecho ésto. Es ella quien tiene razones para quedarse como un pasmarote en su presencia, ¡porque no estaba cuando un horror la atacó!

Cuando por fin levanta su cabeza, la mirada de él está fija ahora en el suelo, y apenas se oye un gran suspiro. Por sólo un momento, él la mira y le permite ver el caos, el reproche, el dolor que hay en su corazón. Y desaparece con la misma rapidez. Una vieja barrera se ha levantado entre ellos, una que ella no esperaba volver a ver.

Conociéndole, Kaoru sabe que no conseguirá arancarle nada, pero recuerda lo que Rei le dijo mientras la traía al hospital: que su doble le había seducido (¿y tú te lo creíste? le reprochó ella) y que había abandonado y destrozado vivo a Koga.

– Rei me ha contado lo que ha hecho ese horror. Sabes que no era yo, ¿verdad?

– Me engañó bien –respondió él, mirándose las rodillas.

– ¿No imaginaste que podía ser un horror?

Él niega con la cabeza.

– Nunca he sabido de horrores que adoptasen por completo la forma de un ser humano. Ni siquiera Zaruba se dio cuenta. Pero hoy lo he visto a medio transformarse.

– Bueno, a partir de ahora, si me quejo de que alguien me ha arañado, te asegurarás de que soy yo, ¿vale?

Kaoru bromea sin muchas ganas. Él vuelve a mirarla y le pregunta que le cuente su experiencia, tras lo cual permanece pensativo.

Un médico entra. Antes que pueda decir palabra, Koga le asalta, expresando por fin algo de sentimiento, para alivio de la joven.

– Doctor, ¿cómo está?

– ¿Es usted su marido?

– Casi. ¿Cómo está?

– ¿La señorita Mitsuki no tiene familia?

– No. –Koga se impacienta–. ¡Dígame cómo está Kaoru!

El médico, algo intimidado por la estatura, presencia e insistencia de Koga, tarda en responder, y cuando lo hace, habla despacio y prudente, sin poder evitar dirigirse a él en vez de a ella. Pero Kaoru no se siente molesta, pues sabe que él ha retomado su papel de protector, y éso es algo que ella necesita ahora.

– La infección de su brazo no responde a los antibióticos. Aún no sabemos cuál es el agente infeccioso, pero estamos esperando el resultado de más pruebas. Luego todo será más fàcil.

– Kaoru no tiene mucho tiempo –replica Koga con sequedad.

El desconcertado médico sale de la habitación tras dudar un momento. Koga es todo un personaje, piensa ella, comprensiva. Él le dice sin mirarla.

– Los médicos van a encontrar un virus o una bacteria que no es de este mundo, pero no te preocupes, hay alternativas y las encontraré.

– ¿Otro fruto de Barankas?

– Quizá.

Despacio, toma la mano de Kaoru y la aprieta con una inseguridad no propia de él. Ella no osa atravesar esa nueva barrera, pero por fortuna él es el mismo de siempre.

La mano entre las de él se abre paso hacia arriba, hacia su rostro, obligándole a él a bajar su cabeza. Él cierra los párpados ante el suave contacto. Pone su propia mano sobre la de ella y la mira, sus ojos dolidos por segunda vez. Ella le sonríe levemente, hasta que él se desprende y se va.

Kaoru deja caer su brazo sobre la cama. Su historia se repite.

*     *     *
Esa misma noche Koga recibe en su casa a Rei y a Jabi. Expone los hechos para el conocimiento de la sacerdotisa.

– ¿Un horror que se transforma en su víctima, y al que las joyas guía no pueden detectar?

– Si tú tampoco has oído hablar de éso –deduce Rei– o no existe, o es una mutación reciente.

– No necesariamente –replica Jabi–. Yo no lo sé todo. ¿Habéis consultado los libros?

– Ningún libro Makai tiene un título que sugiera nada remotamente parecido –responde Koga–. Mientras veníais he estado ojeando Clasificación Yamada de Horrores, sin éxito.

– Tal vez, si buscamos un fruto de Barancas... –sugiere Rei.

– Hace un par de días –replica la sacerdotisa– dos compañeras fueron a buscar uno, pero no encontraron.

– ¿Hay alguien más afectado?

– No. Sin embargo queremos provar un método de conservación sin que pierda sus propiedades.

– Ojalá tengáis suerte.

La voz de Koga tiene un leve matiz de desesperación que Jabi puede captar. Acude junto al joven, sentado y con los ojos fijos en la ventana abierta.

– Oye, puede que los antivirales den la sorpresa y funcionen, después de todo.

La mirada que le dirije él parece querer fulminarla. No necesita falsas esperanzas. Ella vuelve a levantarse y se aleja un par de pasos.

– Jabi. –Ella se vuelve para atenderle de nuevo.– Enséñame a hacer un intercambio de sangre.

Silencio.

– Estás loco –le reprocha ella al fin–. ¿Sale a cuenta perderte para salvarla a ella, o perderos a los dos?

– Nadie va a perderse –protesta él.

Rei se levanta.

– Esa actitud es buena la mayor parte de las veces, pero no siempre funciona.

– Me niego a arriesgar a Garo si no hay un sustituto en perspectiva –añade Jabi con firmeza–. Éso sería irresponsable por mi parte.

Koga los mira a ambos, uno tras otro. Se aleja hacia la ventana, junto a la cual vuelve a hablar.

– Si no me enseñas, cogeré los libros y lo haré por mi cuenta.

Otro grave silencio.

– Ésto es insensato –susurra ella, negando con la cabeza. Se vuelve de espaldas, incrédula.

– Te estás engañando a ti mismo –interviene Rei. Se acerca al propietario de la casa. Añade en voz baja, como haciendo una confidencia–.Yo también conozco esa fe que nace del corazón, que te dice que harás lo que te propongas de verdad. Pero hay que estar equilibrado para acertar y tú, ahora, no lo estás, y lo sabes. Además, fuiste incapaz de ver que Kaoru no estaba bajo la apariencia del horror. Te mantuvo engañado hasta el último momento: tu percepción falló estrepitosamente y no estás en condiciones de ceder tu sangre a nadie. Yo diría, y de veras que lo siento, que ahora eres incapaz de asumir riesgo alguno.

Koga apoya sus maos en el marco de la ventana abierta y su mirada se pierde abajo, entre el mullido césped del jardín. Permanece callado, con los labios apretados de frustración, hasta que sus ojos tienen que cerrarse en apoyo de su corazón.

– ¿Tan mal me veis? –pregunta al fin, tratando de evitar abandonar la sala de mala manera.

Jabi se le acerca y le coloca una mano suya en su hombro. Lo aprieta con suavidad.

– El Koga que yo conozco haría caso omiso de todos estos razonamientos porque su fuerza no está en las palabras, sinó en su corazón. Me pregunto cómo habrá logrado debilitarte tanto ese horror.

– Precisamente –Rei lo comprende bien– porque atacó a su corazón. Iba a por él. Rotundamente.

Jabi se vuelve hacia el joven caballero.

– Entonces, quizá quiera aprovecharse de lo que ha conseguido. Pero seremos incapaces de detectar su presencia, lo cual nos obliga a investigar sobre ese tipo de horrores, más allá de la necesidad de salvar a Kaoru.

Los dos miran a Koga.

– ¿Estás de acuerdo? –dice la sacerdotisa.

Él no responde.

– ¡Koga! –Jabi le obliga a mirarla y le sacude una vez–. ¡Debes reaccionar! ¡Así no puedes proteger ni a Kaoru ni a nadie!

– Os sigo –contesta al fin, soltándose de la muchacha con brusquedad–. En alguna parte tiene que haber información sobre ellos. Empecemos por la Enciclopedia Makai. Siendo tres, terminaremos antes. Tendremos que leer todas las definiciones que parezcan tener posibilidades. Jabi, empieza por el principio; Rei, tú por el final; yo, después del primer tercio del libro.