dissabte, 3 de juliol de 2010

GARO Fanfic – La llamada de la sangre, 3.

Cap.  3 : El regreso de la Reina.


Koga intenta dormir y se ha desnudado de cintura para arriba para hacerlo posible, pero sin éxito. Sigue sin señales del paradero de Kaoru, a pesar de que ha invertido todo el día buscándolas. Sólo unos leves trazos de un gas extraño le permitieron suponer que había sido drogada para conseguir que saliera de la casa. Pero el rastro se perdió en el jardín.

Tampoco tiene noticias de Jabi. Su amiga de la infancia le dijo que estudiaría los movimientos del nivel energético del mundo y que le comunicaría los resultados. Aún espera.

A media tarde comenzó a tener frío, un frío antinatural, como si estuviese enfermo, algo que le hizo temer un desastre. Ahora ya no tiembla, pero arrastra consigo un peso abrumador de no sabe qué. Debería ir a Kantai a ver qué ha conseguido Jabi.

– ¡Koga, algo se acerca!

El tono de Zaruba es inusualmente alarmante. El joven salta de la cama y coge su espada, en el mismo momento que se oye un fuerte ruído de madera rompiéndose. Antes que pueda precipitarse escalera abajo se detiene en seco.

– ¡Kaoru! –grita, con el corazón saltándole de gozo. Gozo que se va difuminando al darse cuenta que algo no funciona como debiera.

La muchacha está al pie de la escalera, mirándolo, seria, concentrada, como estudiándolo.

– ¿Kaoru?

Ella sigue sin reaccionar. En voz baja:

– ¿Zaruba? –dice él en voz baja

– No es lo que parece –responde la pequeña cabeza metálica.

– ¿Está poseída?

– No, pero... ¡no es posible!

– ¿Qué? –lo apremia el caballero.

– ¡Es Meshia!

– Estupideces. Sabes que yo acabé con ella.

– Sí. Y sin embargo, lo es.

El silencio que sigue es roto pronto por el suave ruído de la joven subiendo las escaleras con calma. Se para frente a él.

– Hola, Koga.

Sonrie. La sonrisa de Kaoru, el color de sus ojos, la forma y tamaño de su cuerpo, su rostro. Le extiende su mano de artista. Él la toma y la besa.

– ¿Dónde estabas? –le dice.– Me tenías preocupado.

– Tú siempre te preocupas. Eres un experto.

Él no esperaba un comentario despectivo de la mujer de su vida, y decide ignorarlo.

– Pero no he venido para sermonearte –prosigue ella.

Por las manos que los unen, la mujer lo conduce dentro del dormitorio hasta la cama.

– Vengo a hacerte padre.

Entonces, Koga se da cuenta que el vientre de Kaoru ha perdido su hinchazón. Y la mira, sorprendido.

– Sí –comenta ella.– Esos estúpidos Bariri no contaron con que mi transformación mataría a mi hijo. Los fulminé, literalmente.

Frialdad, casi indiferencia al decir tan graves palabras, hacen que Koga empiece a considerar el punto de vista de Zaruba.

– ¿Qué le has hecho a Kaoru?

– Yo soy Kaoru.

Él no dice nada. Su mente le presenta argumentos en pro y en contra.

– ¿No me crees? Entoces te daré la prueba definitiva.

Lo empuja con una fuerza sorprendente, lo hace caer sobre la cama y se coloca a horcajadas sobre él. Apoya sus manos sobre los hombros del desconcertado joven, sujetándolo contra la cama y le acerca su rostro hasta que él puede oir su suave respirar. Entonces, ella lo besa. Se apodera de su boca como si de un territorio conquistado se tratara. Nada de afecto, nada de ternura, nada de pasión. Un beso que todo lo roba y nada ofrece. Este ser hace ostentación de negar lo que Kaoru es.

Su cara la hace reir.

– Parece que soy demasiada mujer para ti.

– ¿Qué le has hecho a Kaoru?  –insiste él.

– Kaoru está aquí. Oye lo que dices y se sorprende que no seas capaz de reconocerla si no se comporta como una tierna florecita. El concepto de amor que tenéis los humanos es exclusivista y penoso. Sois incapaces de reconocer al alma del ser amado si no responde a vuestras expectativas. Estáis llenos de prejuicios. Sois pequeños, insignificantes y limitados.

Pero Koga sí puede reconocer a Kaoru en esta mujer, la ha visto en sus ojos. Precisamente por ésto su desazón es mayor.

– ¿Qué puede hacerte interesar en un ser tan insignificante como yo?

– Kaoru, por supuesto. Meshia lleva tanto tiempo apartada del mundo humano que su concepto de la belleza es más que discutible. Tendrías que ver cómo es su mundo.

– Es aridez pura.

– Tú no has visto el “otro”, el que ella creó en el subsuelo. –Que hablara de Meshia en tercera persona dispara en Koga el sentimiento de estar conversando con Kaoru.– Un ecosistema entero dependiente de las aportaciones de sus propios cuerpos físico, etérico, astral i mental. Tanto cuando estaba en plena posesión de sus facultades, como cuando quedó inconsciente por obra y gracia de Kiva, ella alimentaba a su mundo de sí misma. Cuando la mataste se produjo una cierta crisis. Los sacerdotes de Meshia conservaron tanto de ella y de su sangre como pudieron. Su cuerpo muerto aún alimenta a los horrores. Su sangre recorre mis venas y ha transmutado mi ser por completo. Yo soy ambas, combinadas tal manera que no podrías comprender.

Ella continua sentada sobre su vientre.

– Soy la creadora y mantenedora de todo un mundo. Y gracias a tu preciosa Kaoru quiero que éste mundo tenga belleza. Voy a crear otra raza de horrores: serán hermosos, y para ello necesito ADN fresco. Tú serás el padre de esta nueva raza.

Koga quiere incorporarse, pero ella lo vuelve a clavar contra la cama.

– Un humano bello y poderoso como tú, y el cuerpo de Kaoru, no sólo darán a mis hijos estas virtudes, sinó que los hará aptos para mezclarse con los humanos. Y, en pocas generaciones, la humanidad entera me conocerá como su reina.

– Estás loca.

Kaoru se ríe otra vez

– Habrá que hacer algo con esta estrechez de miras, no la quiero en mis hijos.

Ella vuelve a robarle un beso, a pesar de su oposición. Le susurra al oído.

– Quedarás confinado donde sólo yo pueda acceder y extraeré tus semillas según las vaya necesitando. Manipularé los embriones para dotar a mis hijos de atributos que les permitan sobrevivir entre las razas de horrores ahora existentes, y hacerlos inteligentes, manipuladores, fuertes, asesinos, ¡lo que quiera que se halle oculto en tus genes!

Koga estalla.

– ¡No puedes manipular los genes de nadie! ¡Ni conseguirás nada de mí!

Ella vuelve a reir, echándose para atrás. Para con brusquedad. Una de sus uñas hace una arañazo en el pecho desnudo del joven. Con la yema de un dedo, retira una gota de sangre de la herida y lo obliga a mirarla de cerca.

– ¿Ves? En este momento mi cuerpo está analizando tu sangre, luego buscará las compatibilidades e incompatibilidades con la mía. A continuación aislará tus genes. Al final, la mayor parte de lo que mi propio cuerpo no puediera adaptar, sería susceptible de manipulación genética externa. Sé mucho de ésto: creé un mundo. Y creé a sus habitantes. Además... – se levanta de encima de él y se sienta a su lado, lo que él aprovecha para incorporarse– no puedes evitar que tu cuerpo haga lo que debe.  –Extiende su mano hasta hallarse a unos veinte centímetros del vientre de él.

Koga se siente humillado al responder su cuerpo a la misteriosa llamada. Con un gruñido de furia lanza el dorso de su brazo contra la cara de ella. Meshia da una vuelta sobre la cama y queda de pie en el suelo. El tiene que controlarse para no seguir atacándola. Si no fuera porque sabe que su amada está ahí...

– Dentro de un año –continua hablando ella, tranquila, como si nada sucediera– calculo que tendremos entre cien y trescientos hijos. Seguramente algunos morirán durante el proceso, pero es inevitable cuando experimentas con sangre nueva y con las aportaciones de un nuevo cuerpo femenino.

Koga, que se niega ya a mirarla, resopla con desprecio.

– ¿De cien a trescientos? ¿Entonces, no piensas parir tú a tus hijos?

Sus palabras están cargadas de tanto sarcasmo como ha sabido aplicar, que no es mucho, pero no está seguro de querer conocer la respuesta: a saber con que nueva barbaridad le saldrá.

Ella sacude la cabeza, como incrédula.

– Ya no recuerdas –le dice en un tono que diríase una madre riñiendo a su hijo– que mi estatura habitual es gigantesca, según los cómputos humanos. Además, el setenta por ciento de mi cuerpo es susceptible de albergar un feto.

El vuelve la cabeza en dirección opuesta, asqueado, dolido y rabioso. Tiene que admitirlo: Kaoru ya no existe.

En dos rápidos movimientos Koga salta de la cama y recoge su espada del suelo. Se dispone a invocar a su armadura. Pero algo lo detiene cuando su arma se dispone a abrir el portal: la suave sonrisa triunfante de Meshia se está expandiendo.

— ¿Tanto te alegra saber que voy a volver a matarte? –le dice él.

– ¿Y éso cuándo será, antes o después que tu armadura te convierta en uno de los míos?

Él permanece inmóbil. Admite que el futuro que ella le depara, y sin Kaoru, no tiene aliciente alguno. Está decidido a morir llevándose a Meshia con él, pero está lleno de enfado y sabe lo que puede pasarle si no logra acabar con ella en el tiempo fijado.

– Zaruba –le susurra al anillo– ¿está sola?

– Muy cerca, quizá en el jardín, hay unos viente horrores y otros tantos humanos, posiblemente Bariris.

– Lo son –añade Meshia, sin dejar de sonreir.

Su brazo en alto tiembla de impaciencia, pero él duda.

– Tú acabaste con el traidor Kiva y mereces que te permita elegir –dice ella–. ¿Qué prefieres: ocupar el lugar que él rechazó a mi lado, o te conformarás con ser un zángano al que, encima, tendré que proteger de sus propios hijos? Lo haré, claro, pero ellos tendrán derecho a conocerte, y seguro que querrán jugar contigo.

Las dudas de Koga empiezan a desvanecerse.

– Seguro que te enorgullecerá –añade ella– que vengan a enseñarte a sus novios y novias humanos. ¡Y conocer a tus nietos!

La espada levantada completa el círculo interdimensional. La luz prende en la habitación. Koga se ha ofuscado, y Meshia lo celebra riendo y dejando la habitación apresuradamente. Ha ido a refugiarse entre los horrores del jardín para que ellos sucumban mientras el tiempo pasa. Él lo sabe, pero no le importa.

– ¡Koga, para! –grita Zaruba.– ¡No puedes volver a hacer ésto!

– ¡No permitiré que salga viva de aquí!

La armadura se acopla a su poseedor y éste sale en persecución de su presa.

– ¿No lo ves? –insiste el anillo parlante– Te ha provocado deliberadamente, ¡quiere que te transformes!

Pero su amo no le hace caso.

– En nombre de la sagrada institución de los Caballeros Makai, detente y escucha lo que tengo que decirte. ¡Ahora!

Koga no sabe por qué ha frenado su carrera, aunque sentimientos sobre la otra vez que emprendió este oscuro camino han empezado a invadirlo. Son sentimientos que repelen a su corazón, pero que no hacen mella en su mente: sabe que Meshia no debe lograr su propósito de utilizarlo de forma tan abominable. Pero no debe cruzar la línea, no puede traicionarse otra vez a sí mismo y a quienes le han confiado su  misión. Ni a la Humanidad a la que ha jurado proteger.

– Escúchame, Koga, ésto es importante –repite Zaruba en su denodado esfuerzo por hacer volver en sí a su dueño.

Enfundado en su armadura, Koga nota cómo su piel, sacudiéndose con el temblor de su excitación, golpea al metal.

– Kaoru sigue con ella –le dice el anillo parlante.

– No. Está peor que poseída: Meshia se la ha tragado y digerido. No es recuperable.

– Lo es. Ella sigue manifestando su existencia: necesita tu odio.

– ¿Qué humano necesita el odio de otro?

– Meshia no es humana y no tiene sentimientos, pero Kaoru sí. Que ella te odie es la única forma en que ahora puede manifestarse el amor, ¿no lo ves? Ella está aquí y sigue amándote.

Incluso contra su voluntad, el joven se ve considerándolo. No quiere mantener una relación basada en el odio, no está seguro que este razonamiento le conceda esperanza alguna.

– Si cedes a tus impulsos –prosigue Zaruba– los dos os aislaréis en vuestro infierno particular, formado por el binomio poder/odio. ¿Es lo que quieres?

– La alternativa no es mejor.

La mente de Koga ya ha dejado de luchar. Sabe lo que debe hacer, pero no está seguro que dejarse capturar y manipular por Meshia sea más ventajoso.

– No lo es –comenta la cabecita metálica–. Someterá a tu corazón a una dura prueba, quizá durante mucho tiempo. Puede que muchos humanos sean contaminados y muertos en el proceso. Pero si eres capaz de mantener íntegro tu corazón, si sigues recordando a Kaoru tal y como era sin perder de vista que ella está en ese monstruo, hay una posibilidad que la humanidad escondida en ella aflore y que, por lo tanto, Meshia sea derrotada. Odio y amor son lo mismo, sólo hay que cambiar el punto de vista.

La armadura es despedida.

A él le lleva unos momentos juntar todo su valor para enfrentarse a su nuevo destino, uno en el que sus habilidades de Caballero Makai no le servirán. Sólo su propia humanidad podrá librar esta batalla.