dimecres, 29 de setembre de 2010

GARO Fanfic – La llamada de la sangre, 6 y final.

Capítulo  6  : Permanencias (final)


Kaoru se despierta en la cama. Abre la luz de la mesilla y ve que el otro lado de la cama está vacío. La ventana muestra que es de noche. Koga debe haber salido de cacería.

Observa la habitación. ¿Cómo ha llegado hasta aquí? Pero si estaba en...

Lo recuerda todo. El martirio a la que la sometieron los seres luminosos. Cuando vino a por Koga. Su fusión con Meshia. Su huída de casa. Su embarazo...

Sus manos vuelan a su vientre vacío. ¡Su hijo había sido pervertido y muerto! Se da la vuelta en la cama hasta que su cara se hunde en la almohada, y derrama lágrimas. Por el hijo al que no ha llorado. Porque la habían convertido en malvada y lo había aceptado. Porque había dejado matar su amor por Koga. Por lo pequeña que se siente ahora que Meshia no está con ella.

*   *   *

– Cierto que no vi a tu padre haciéndolo –comenta Zaruba a su dueño– pero dudo que lanzar energía con el filo de la espada implique deshojar a los árboles. Así sólo consigues que rebote en cuantos obstáculos encuentre y te venga devuelta.

Koga siente tentaciones de darle un exabrupto, pero se calla y se dispone a probarlo de nuevo. Vuelve a concentrar una bola invisible junto a la punta de su espada.

– ¡Hola! –saluda una voz animada. Kaoru ha vuelto, y él le corresponde con un amago de sonrisa.

Gonza sale con el te y llega a la mesa del jardín casi al mismo tiempo que ella. Koga da por finalizado su entrenamiento y acude junto a ellos: le interesa más escuchar las novedades que trae su esposa que las protestas de un anillo parlante.

– ¿Cómo ha ido el día? –dice él al sentarse.

Kaoru lo mira con esa sonrisa enigmática que usa desde que ella se desprendió de su “carga extra”, y que él está empezando a interpretar como “sé algo que tú no sabes”. No puede reprochárselo. Ésta es una pregunta que nunca le habría hecho si no hubiese pasado lo que pasó.

– Pues no, hoy no ha pasado nada raro. Lo siento.

Pero no lo siente. Ella detesta preocuparle, él lo sabe bien. Mucho le costó que le dijera qué le sucedía cuando la vio tan afectada al volver el primer día en que fue a trabajar, cinco días antes.

Dijo que a lo largo del día se había cruzado con tres horrores –¿qué?, ¿tres?, se alarmó él– uno de ellos un Bariri –¿cómo puede saber éso?, volvió a interrogarse Koga.– Los tres se le acercaron.

– ¿Qué sucedió? –la apremió él, al ver que dudaba.

Tuvo que abrazarla antes que ella se decidiera a hablar. Ella necesitaba todo su apoyo en ese momento. Le contó que a sus dedos de las manos le crecieron largas prolongaciones óseas, parecidas a espinas, en cuanto cada uno de los horrores “normales” disfrazados se le pararon enfrente, y que ella clavó esos apéndices en sus cuerpos. Ambos se quedaron muy quietos. Sólo cuando su mente se tranquilizó lo suficiente para desear terminar con aquello, los apéndices fueron reabsorbidos por su cuerpo, y los horrores se marcharon pacíficamente. Con el Bariri fue distinto. A éste le creció un bulto a la altura del estómago que atraía hacia sí algo de ella misma. Y en esta ocasión también pudo decidir cuándo terminar. En los tres casos, al acabar sintió cansancio.

Terminado el relato Koga volvió a abrazarla, más fuerte, como si quisiera impedir que Meshia se la arrebatara de nuevo.

Por lo que Kaoru le ha ido contando, por los recuerdos de Meshia que conserva y que comparte con él, y por lo que la propia Meshia le dijo, Koga ha empezado a formar su visión de la situación en la que se encuentran.

Meshia había sido, literalmente, diosa de un mundo y madre de todos sus habitantes. Su desaparición dejaba a ese mundo en una situación crítica. Los tres horrores con los que Kaoru tomó contacto ese día fueron alimentados instintivamente por ella. Que fueran tres y no uno, y las cada vez más frecuentes llamadas de los santuarios a los Caballeros Makai, indican con claridad que los horrores empiezan a invadir el mundo humano, y ésto mismo creará más portales. Aunque Kaoru diga que aún queda de Meshia lo suficiente para mantener a su mundo durante varios años, los habitantes del mundo paralelo saben que tienen que hacer cambios para poder subsistir. La purificación de la humanidad por todas sus maldades se acerca a pasos agigantados, y no será leve.

Al oir su profundo suspiro, la voz de Kaoru lo trae al presente.

– Quizá deba estudiar la forma de alimentarlos sin que me canse, y así...

– ¡De ninguna manera! –El es taxativo, y está algo confuso por la creciente facilidad de ella para adivinar sus pensamientos cuando están cerca el uno del otro.

– Pero, Koga –intenta ella hacerlo razonar– los horrores a los que he alimentado hasta ahora se han pasado todo un día sin comerse a ningún humano.

– Ésto no lo sabes.

– ¡Sí, lo sé! Aunque no quieras creerlo. Aunque... no “queramos” creerlo.

Él deja su taza de te en la mesa.

– Meshia te ha dejado mucho en herencia.

– ¿Tanto te preocupa?

– No quedó mucho de ti cuando compartíais cuerpo.

– Éso no es exacto. Imagínate a ti mismo considerando los pros y contras de una decisión que tienes que tomar. Era lo mismo. Por ejemplo, una parte de mí sabía que quería volver contigo, pero la otra parte juzgaba si era aceptable, el cómo, el cuándo y el por qué. ¿Qué argumentos podía esgrimir yo frente a alguien tan antiguo y con tantos conocimientos? Me superaba en todo, y se aprovechó de mis sentimientos, recuerdos y pensamientos para trazar sus planes. Yo no podía hacer otra cosa que entender por qué ella hacía lo que hacía.

– Y sin embargo –dice Koga– juraría que hubo unas pocas ocasiones en las que té ví o te sentí.

– Creo que Meshia bajó la guardia alguna que otra vez. Ahora que lo dices... –Se detiene, pensativa, por unos momentos– ... Sí, éso es, ya no me acordaba. –Otra de sus sonrisas enigmáticas. Tendrá que acostumbrarse a ellas.– ¿Sabes qué fue lo que la venció realmente?

– La intervención de los seres luminosos.

– Sí, pero no advertiste que allí hubo una auténtica batalla espiritual, ¿verdad?

– En efecto, una fuerza divina contra otra demoníaca.

– No exactamente. Una fuerza divina “con” otra fuerza divina.

El desconcierto en la cara de él es patente. Ella se explica.

– La naturaleza de los seres luminosos los hizo invulnerables para ella, y se dio cuenta de lo que ella habría podido ser y que no era porque dejó escapar su oportunidad. Su propio Yo divino, aislado y olvidado durante eones se despertó, sólo por un momento, pero suficiente para que Meshia sintiera la necesidad de... ¿cómo lo formuló?... “volver a casa”.

Koga piensa sobre ello. Es algo demasiado esotérico para que su corazón lo comprenda, pero su mente sí puede hacerlo. ¿Pero así, sin más?

– Así que ha “vuelto a casa”.

Kaoru niega con la cabeza.

– Apenas ha emprendido el camino. Le queda mucho que purificar.

Lo cual tranquiliza al esforzado luchador que es Koga, y pone las cosas en su sitio.

– Lo que quería decirte –prosigue ella– es que cuando le quedó claro que tú la abandonabas a los seres luminosos, Meshia comenzó a retraerse y a dejar de reprimir mi naturaleza y yo pude aprovecharme, por una vez, de sus propios conocimientos. Ponte en pie .

La mira sorprendido, pero lo hace. Ella le aparta más de la mesa y le pide que se ponga su armadura.

– ¿Por qué?

— Confía en mí.

Koga tiene que recordar que ésta es Kaoru y que puede confiar en ella. Un ejercicio mental que ha tenido que hacer varias veces los últimos días. Un breve asentimiento, coge su espada y abre la puerta interdimensional. La dorada armadura lobuna casi deslumbra bajo los últimos rayos de sol que la impactan de frente. Kaoru viene directa a ella, no pretenderá...

– ¡No la toq...!

Demasiado tarde. La muchacha pone su mano directamente sobre el sello de su cintura, pero no parece quemarle. Lo hace girar ciento ochenta grados, ante la sorpresa de Koga. Él experimenta una sacudida. Kaoru sonríe.

Ella le señala a su sombra, alargada en el suelo por el ocaso. Alas. A la armadura le han crecido dos grandes alas. El recuerda un cuadro que sólo llegó a ser realmente pintado en el mundo mágico, pero que le otorgó cierta igualdad con Meshia para lograr derrotarla. Koga está tan impresionado que permanece quieto y mudo.

– Al principio –explica ella– tendrás que activarlas o desactivarlas girando el sello, pero con el tiempo obedecerán a tu voluntad.

El prueba de retraerlas como ella ha dicho, y lo consigue. Luego se libera del metal. La cara que se revela debajo refleja su nuevo y profundo respeto por la herencia que ha recibido su amada pues, en manos de Kaoru, podría hacer mucho bien.

– No fue Meshia sinó tú, la que manipulaste la armadura antes de que os separaran. –No es una pregunta, sinó la constatación de un hecho.– Entonces, es cierto que ella las inventó para los Caballeros Makai.

– Ella creó la primera, la de Kiva, para provar su valía como aliado. En aquella época los Caballeros Makai no existían, pero los conocimientos de Kiva sobre los horrores, sobre Meshia, sobre los mundos paralelos, así como las anotaciones que dejó sobre su armadura, permanecieron aquí y ayudaron a crear y definir a los que posteriormete serían los Caballeros Makai. Además, tuvo un discípulo que no quiso seguirlo por el camino oscuro y que contribuyó mucho a ello.

– ¿Podrías volver a alterar esta armadura o cualquier otra?

Kaoru suspira.

– Se necesita una gran concentración de energía dirigida para hacerlo posible, y además no estoy segura de recordarlo todo.

– En ese momento Meshia no estaba en situación de hacer semejante despilfarro.– Y recordó el continuo drenaje a la que la sometieron los seres luminosos.

– ¡No sabes cuánta energía se necesita para mantener y controlar a todo un mundo y a tu propio destino como ella quería hacerlo! Al reconocer que lo había perdido y abandonarse, yo dejé de ser influenciada por sus puntos de vista, me encontré con todo ese excedente energético y pude hacerte un regalo. Aunque, no sabía si tendría oportunidad de enseñártelo.

Es el turno de Koga de sonreir enigmático. Su armadura desciende otra vez, ahora con el simple concurso de su mente. Extiende sus nuevas alas girando el sello. Rodea con sus brazos la cintura de Kaoru y las alas empiezan a batir. Cuando ella siente que sus pies ya no tocan el suelo, protesta.

– ¡Oye! No has practicado el aterrizaje. ¡Espera! Nos pueden ver... Los aviones... ¡El radar del aeropuerto!...

Deja de quejarse mientras el suelo queda atrás, y Gonza, que viene corriendo con un sobre rojo en una pequeña bandeja contempla, sonriendo, como la figura de la pareja sigue elevándose en el cielo del crepúsculo.

FÍN